Mi cumpleaños es siempre un momento complejo para mi. Supongo que la mayoría de las personas hacen su repaso vital con el cambio de año, o quizás no lo hagan nunca, pero yo de un modo inconsciente siempre lo hago un poco antes de mi onomástica. Sin saber bien el motivo me introduzco en un periodo de reflexión profunda, de búsqueda e introspección. Suelo llorar y reír, recordar y olvidar, asumir y perdonar en una especie de entre aguas, de desubicación temporal.
A mi, siempre tan exigente y perfecionista, me cuesta aceptar. Sin más. Aceptar lo que no es, lo que no llega, lo que no se consigue, lo que si llega, lo que falta, lo que sobra. Hay días en que me cuesta reconciliarme con el paso del tiempo por mi cara, días en los que me cuesta cargar con mis errores, y días en los que desearía tener menos exigencia y conformarme.
