Siempre me ha gustado mucho viajar. Viajar, - no ir a sitios para poner una foto en una red social, o presumir con la vecina -. Uno de los patrimonios más grandes que mis padres me han regalado son nuestros viajes. A día de hoy creo que me quedan muy pocos países de Europa por conocer, y los que me quedan salvo uno o dos, los doy por vistos por motivos varios. Cuando hablo de conocer, lo digo con cuenta y razón. Soy capaz de pedir un café en varios idiomas, y sobre todo, de entender la idiosincrasia de casi todos los lugares por donde he pasado. Se un poquito de Canadá, tras vivir allí unos meses, y un muchito de América del norte. Me falta por conocer la parte sur del continente, no lo doy por perdido. La vida sorprende gracias a Dios.
Esta semana lluviosa y fría, me ha dado para recordar mis viajes. Tal vez sea el anhelo de volar un poco a otros lugares; mi deseo perenne, cuasi hambruna, de aprender y conocer; que las aperturas de JJ.OO siempre me recuerdan que el mundo es un lugar enorme y basto; o que este lugar y sus gentes, a veces me resultan claustrofobicos y poco estimulantes.